MALVINAS, bajo un manto de neblina





Ediciones El Escribiente
Autor; Carlos Rey
Año 2001 - 2007
«MALVINAS -
bajo un manto de neblina»
68 páginas
ISBN 950-767-010-5
Colección Libros de Bariloche
A 25 AÑOS
PROLOGO
Era (lo sigue siendo) razonable pensar que el tema del espionaje, en relación a los Exocet, significaba mucho en la construcción de un nuevo libro sobre Malvinas. Por eso fue que me decidí escribir una pequeña novela inspirándome en un corto y aparentemente poco importante artículo aparecido en un diario de la época, en donde resumidamente se relataba cómo los militares argentinos fueron engañados por el espionaje inglés, aunque se haya dicho que fuimos nosotros los que los engañamos a ellos. Utilizando unas cuantas personas lograron esperanzar a la Junta Militar en la adquisición de los temibles "cigarros", para de esa forma retardar el accionar bélico argentino, que, dicho sea de paso, tenía a los ingleses muy preocupados.
También es razonable pensar que otro, muy distinto, hubiera sido el resultado de las acciones, de haber dispuesto la Argentina de ocho o diez misiles más. Quizás no se habría «ganado la guerra», pero seguramente Maggie y su entorno hubieran tenido que parlamentar un acuerdo, ante el hecho concreto de tener media flota británica averiada.
En el margen de estas elucubraciones sobre espionaje y posibles resultados, subyace la soldadesca argentina. Y me complace y duele utilizar este adjetivo despectivo; no por lo que los chicos eran, sino por lo que sus «superiores» (por llamarlos de alguna manera) consideraron que eran. Esa «superioridad» les confirió la omnipotencia de disponer de sus vidas con una ligereza absoluta. Hoy la sociedad paga las consecuencias de ese arbitrio y ellos –los chicos- nos "molestan" tanto cuando aparecen en un medio de transporte ofreciendo la venta de una revista que cuenta sus desgracias, como cuando nos enteramos que alguno de ellos se suicidó.
En esta ambigüedad de sentimientos en los que, indistintamente, enarbolamos banderas de reivindicación, sentimos añoranzas bélicas, lloramos junto a un amigo que perdió a su hijo y no sabemos qué hacer al tener cara a cara a un ex combatiente; nos debatimos en la imposible resolución de una situación que a mi entender no tiene remedio.
Salvo que las autoridades, como correspondería que lo hicieran, tomaran al toro por las astas. Lo cual en buen romance significa poner los cojones sobre la mesa, pero no la de la estrategia militar y la guerra que solo deja dolor, sino la de la negociación inteligente.
¿Seremos capaces los argentinos?
UN CHICO DE LA GUERRA CAPÍTULO 1
Gustavo «Bocha» Clavero
-No pude dejar a mis amigos solos, ¿entendés? Cuando me presenté en el Regimiento me quise morir, ya estaba todo organizado y no había ni un puesto libre para ir a Malvinas. Estaba todo ocupado, hasta en la cocina, y eso que había recibido la citación hacía dos días nada más; el diez de abril. Yo estaba en mi casa, en Corrientes, después de un año de "colimba" descansando. Sí, a nuestra Clase, la ’62, la habían dado de baja el ocho de marzo del 82, pero yo salí dos días más tarde, ¿qué cosa, no? Por ser de los mejores, durante el año me habían ascendido a Dragoneante y por eso mismo tuve que esperar a que se fueran todos mis compañeros para salir. Casi me costaba irme, estaba como pegado a las costumbres y eso que no veía el día que me llegara la baja. Ya en noviembre y enero hubo algunas bajas y pensábamos que los mejores íbamos a salir, pero fue al revés, a los buenos nos dejaron para lo último. Igual me costó irme; pero en casa me esperaban mis viejos, mis hermanos, mi novia Julieta, todos, ¿viste? Así que estaba de lo más feliz y contento gozando la libertad. Me levantaba a la hora que quería, mi vieja me preparaba un buen desayuno y después iba a jugar un picado de fútbol al potrerito de la vuelta o si no, me la iba a ver a Julieta y salíamos a pasear, a caminar nomás. Estaba bueno sí y de repente llegó la citación. No me olvido más ¿sabés?, el sobre del Ejército y la nota diciendo que en no más de tres días debía presentarme al Regimiento en la IIIª Brigada, la misma en que había hecho la colimba. Era el diez de abril, hacía justo un mes que había salido; nada más que un mes. Pero sabía por qué, en mi casa se comentaba mucho, salía todos los
días en los diarios y no se hablaba de otra cosa. Era por las Malvinas y decíamos, no, qué nos van a llamar de nuevo a nosotros si ya estuvimos un año adentro. Ya invadieron con los nuevos, los de la ’63. Ahora no va a pasar nada, ya ganamos. Eso decían todos en el barrio. Sin embargo nos llamaron. Parece que el Presidente Galtieri estuvo de visita en las islas
después de ocuparlas y decidió mandar a los correntinos también, aunque no hiciera falta. Por las dudas, ¿viste?, lo que sobra no daña. Habrá pensado en aquel dicho: «Si la Argentina entra en guerra, Corrientes la va a ayudar». Qué sé yo lo que habrá pensado; la cuestión es que el diez de abril me citaron, el doce me presenté y ya estaba todo completo. Pero mis amigos de la Clase ’62 iban casi todos; no puedo dejar a mis amigos solos, pensé, ¿entendés?, así que usé mis artimañas de soldado viejo y como me enteré que había uno de los muchachos que andaba medio mal de salud y estaba remoloneando para ir, hablé con mi Sargento Mayor García y él habló con el Capitán médico González que me conocía bien, lo sacó al pibe y me metió a mí ¿Cómo no iba a ir si iban todos?
-Está bien Bocha, tranquilizate, ahora ya pasó. Y te repito, lo importante es que estás vivo, ¿te pido otro café?
-No, si yo estoy tranquilo. Ya estoy resignado. Pero para mí en cambio lo más importante es que se sepa todo. Toda la verdad de lo que pasó allá. Oíme, buena idea la de la revista, ¿cómo se va a llamar? ¡Ah! sí, Revista del Veterano.
-Sí, Revista del Veterano de Guerra. Y decime Bocha ¿Cuál era tu regimiento?
-El RI-12, Regimiento de Infantería 12, General Arenales de la IIIª Brigada de Infantería, Agrupación Litoral con asiento en Mercedes, Provincia de Corrientes, chamigo.
-¿Y después qué pasó? Seguí contando.
-Después todo fue muy distinto, muy triste...
Al principio no tanto, todos creíamos que no iba a haber guerra, que no iban a haber combates propiamente dicho. Nunca supe qué pensaban los oficiales porque no nos daban bolilla, jamás nos hablaban ni aparecían por los puestos de combate, pero entre nosotros y los "zumbos" con los que teníamos contacto, se corría la bola de que al combate no se llegaba. Que las tratativas iban a resolverlo todo y no se iba a disparar un solo tiro. Además las Islas iban a quedar para nosotros, eso se decía a cada rato y también que los ingleses no iban a venir porque estaban muy lejos, qué sé yo, son como catorce mil kilómetros creo ¡Qué iban a venir por unas islitas de mierda con cuatro pobladores locos! ...Sí, conocí las Malvinas, un lugar muy diferente a mi pueblo. Cuando llegamos a fines de abril nos alojaron en una barraca, en realidad un galpón para ovejas que le hicieron desalojar a los Kelpers. Ellos parece que protestaron un poco, pero con tal de que no hubiera tiros, llevaron las ovejas a otro lado. Además, dijeron, era otoño y todavía las temperaturas eran benignas para esos animales de lana. Bueno, fue mi primera noche y no nos dieron nada, es decir dormimos con la manta provista, la que llevábamos en la mochila, sobre un poco de pasto seco, nada más. Nos morimos de frío toda la noche. Yo creo que hacía más frío adentro que afuera, solamente que adentro no llovía. "Algo es algo" decía Caño, mi compañero de rincón, todavía con ganas de hacer bromas. A las nueve de la mañana nos despertaron los de la cocina, traían una "morocha" humeando de mate cocido. Para mi gusto le faltaba azúcar, pero estaba caliente y supo a paraíso. También nos dieron un pancito medio duro a cada uno. Otra vez a vivir en otro mundo, eran las nueve y media y estaba completamente oscuro. A esa hora en Corrientes estábamos muertos de calor y hacía como tres horas que la gente estaba en su trabajo. Acá todo era distinto. Está bien que viví casi tres años en Buenos Aires y allí conocí lo que es el frío y la humedad, pero como en las Islas, viento nunca; viento y frío como en Malvinas nunca. Al segundo día nos llevaron a unos diez kilómetros de Puerto Argentino para hacer los "pozos". Nos marcaron los lugares y nos dieron palas. Los pozos son como las trincheras de las guerras mundiales pero más para esconderse que para pelear y los llaman "Pozos de zorro". Después, ahí metidos en ellos pasamos gran parte de la guerra. Llovía casi siempre; el frío, ¿cómo se dice? Nos calaba hasta los huesos. Los pozos dentro de todo eran un resguardo, un olvidarse del afuera; en los pozos no había viento y el frío era tranquilo. Lástima, no teníamos equipo de mate y yo lo extrañaba, imaginate, soy correntino. Una vez, me acuerdo, me mandaron con un "parte" para el sargento Benítez. Cuando entré en la casa que hacía de oficina del Mando Mayor, no lo pude creer, estaban tomando mate de verdad; no me acuerdo del paquete de yerba que estaba sobre la mesa, pero era una de las conocidas en todos lados. El matecito era uno de esos azules enlozados con manijita y la bombilla era cortita con un ojito rojo de adorno. Hubiera dado años de mi vida por tomar un mate, ¿entendés? Creo que Benítez me vio la cara, porque me dijo: "¿Un mate soldado?" Ese verde calentito corriendo por mis tripas fue una gloria. Una de las mejores cosas que me pasaron en las Islas.
-¿Cómo te llevaron a Malvinas?
-Una vez que nos reclutaron, durante la segunda quincena de abril -no me acuerdo bien- el general Parada, que era el jefe de la IIIª Brigada, recibió la orden de trasladarse con su gente a Malvinas. Estábamos en Comodoro Rivadavia esperando órdenes y por fin llegaron. Teníamos que ir todos y con los equipos. Nos llevaron en aviones Hércules y el material pesado que en principio iba a ir en los buques nunca llegó a Malvinas. No sé por qué razón, tuvieron que descargarlo para transportarlo en aviones; la cuestión que la mayor parte nunca nos llegó y la Brigada estuvo mal abastecida todo el tiempo. En el Hércules vas sentado en el suelo con tu equipo y el arma provista; a mí me volvieron a "premiar" y me dieron una vieja subametralladora PAM, porque dijeron que las mejores armas ya se las habían dado a los de la clase nueva, la ’63, que ya estaba en Malvinas desde los primeros días de la ocupación. Después nos dimos cuenta que los chicos nuevos no las sabían manejar y les tuvimos que enseñar nosotros. Bueno –en el avión- desde las ventanillas no veíamos nada aparte del resplandor del sol al amanecer. Volábamos entre nubes y cuando nuestro jefe nos dijo que nos fuéramos preparando porque faltaba poco, se notó que el avión iba perdiendo altura y en eso, de repente, vimos el agua y los islotes de roca pelada castigados por las olas ya muy cerca de nosotros. Después bajamos... decí que al principio no te dan tiempo ni a pensar, pero me acuerdo de una sensación muy rara. ¿Qué era lo que estaba haciendo ahí? Creo que es el lugar; te sorprende, sobre todo si sos del norte, como yo. No sé si será todo el año así, ese día era triste y las nubes llegaban al suelo, estaba muy húmedo y casi no había viento, me acuerdo de eso; a pesar del regimiento me sentí... solo.
Después de pasar la primera noche en la barraca de ovejas nos llevaron a las afueras de la ciudad, a tomar posiciones, nos dijeron. Recorrimos a pie unos diez kilómetros. En el trayecto el Sargento Ayudante que estaba a cargo nos fue hablando, nos decía que nosotros teníamos el privilegio de estar allí en esas circunstancias históricas, que éramos los elegidos por Dios para llevar a cabo esa gesta heroica y que si llegaba la circunstancia del combate teníamos que dar el ejemplo, como soldados viejos que éramos y jugarnos hasta morir por la Patria... Las Islas... Un lugar remoto, barrido por todos los vientos... Haciendo pozos de zorro en la turba, la pala chapoteaba en el barro, casi agua, de abajo. Los pies los tenía siempre húmedos porque los borceguíes aunque no eran viejos, son de cuero y les pasaba el agua; muchas veces pedíamos el médico porque no sentíamos los dedos. Cuando podía, sobre todo si había un fueguito encendido, me sacaba las medias empapadas y movía mis dedos, los veía moverse pero no los sentía y estaban blancos, casi azules. El Doc nos dijo esa vez que teníamos que cambiarnos las medias más seguido y tratar de tener los pies secos, ¡pero cómo! Si casi no teníamos equipo. La mayor parte tendría que haber llegado en los transportes y no pasaba nada. Sí. Nos pasamos mucho tiempo ahí metidos bajo tierra y presentíamos que en cualquier momento los ingleses podían atacar, ya no nos creíamos el cuento de las negociaciones, se oían explosiones por todos lados y nos enteramos que habían desembarcado entrando por el Estrecho y habían ocupado las playas de las dos islas... Se venían en cualquier momento... Yo siempre pensaba que ojalá me dieran la oportunidad, que viniera un oficial con los huevos bien puestos, se pusiera al mando y nos ordenara tomar posiciones fuera de los pozos, al aire libre para combatir. No me importaba morir, creo que a la mayoría de los muchachos le importaba, habíamos ido para eso, las Malvinas eran nuestras. Pero estar ahí adentro metidos era horrible. Imaginate solamente el hecho de tener ganas de orinar y salir pensando en un ataque personal, mientras el cañoneo de la artillería de los barcos ingleses y las pasadas de los aviones con sus ráfagas de ablande, hace de esa simple necesidad una cuestión de vida o muerte. Entonces le pedís a los compañeros de pozo que vigilen, que te cubran, que avisen mientras te bajás los pantalones inevitablemente cerca del terror y lo más lejos posible del olor. Todo ese tiempo desde el 1º de mayo en que los ingleses comenzaron la recuperación, la pasé adentro de ese maldito pozo de zorro y no hacía más que pensar en mi familia y en Julieta. No podía creer que no recibiera nada de ellos; allí donde estábamos nunca llegó nada para ninguno de los cuatro soldados que compartíamos el pozo. Solo esa vez en abril que me mandaron chocolate, un gorro de lana, unas cartas y la revista «Gente» con información triunfalista de Buenos Aires. Una vez los que traían el «rancho» me dijeron que habían escuchado en la radio en Puerto Argentino, el programa que se trasmitía desde la Capital y que Julieta había hablado para mí. Después ella me lo contó acá, cuando volvimos, pero hubiera sido tan distinto escucharla estando allá... Después, el 26 de mayo separaron los regimientos. El RI-4 quedó cerca de Puerto Argentino porque era el que menos equipo tenía. Ahí fue donde nos mandaron a Darwin, yo era del RI-12 desde el año anterior y los conocía a casi todos; en cambio a Caño lo cambiaron al RI-5 y lo mandaron a Puerto Howard en la Gran Malvina, con ese regimiento. Después te cuento lo que le pasó a este grupo, fue cosa de locos; las órdenes que recibieron quiero decir. A mí me lo contó otro compañero, pero me dio mucha lástima cuando nos separaron. Con Caño habíamos estado juntos todo el año de "colimba" y nos intercambiábamos las guardias y todo eso. Volví a saber de él después del combate de Cerro Darwin, ya sabés, pobre Caño... Yo conservo su diario que fue lo único que se encontró hasta ahora. Bueno, a ellos los llevaron a Howard en helicópteros, tuvieron que hacer varios viajes y ya no los volví a ver porque Howard queda alejado de Darwin y hay que cruzar el canal, el Estrecho San Carlos.
-Sí, los informes critican también estos traslados y la forma de llevarlos a cabo... -A nosotros, a pesar de que teníamos orden de desplazarnos a pie, también se nos llevó en helicópteros y nos enteramos que hubo «bronca» en los altos mandos por esa cuestión.
-¿Y a todo esto qué se sabía de los británicos?
-A los pobladores de las Islas los habían tratado muy bien y los habían fletado para Inglaterra, eso es lo que nos dijeron.
-No, me refiero a los que venían... a los milicos.
-¡Ah, sí! En esos días nos llevamos la gran sorpresa. No era como habían dicho que no iban a venir desde tan lejos y todo eso. El 21 de abril, creo que fue, se corrió la voz con seguridad, de que un avión de reconocimiento de los nuestros había localizado a la Flota Inglesa como a dosmiltrescientos kilómetros al estenordeste de Río de Janeiro. Eso hubiera sido muy preocupante de haber imaginado el corte final, pero en ese momento, viste cómo somos los argentinos, empezaron a decir, "yanquis" hijos de puta que le prestan la base aérea de la isla Ascención, que vengan nomás los ingleses, acá los esperamos. Me acuerdo de la revista Gente de mediados de abril que me mandaron que decía: "Ellos vienen, nosotros esperamos". Y Galtieri: "Si quieren venir que vengan. Se les presentará batalla... Estamos dispuestos a escarmentar a quien se atreva a tocar un solo metro cuadrado de territorio argentino". "¡Qué venga nomás el principito!".
-Perdoná que te interrumpa. Según una encuesta de aquellos días, el setenta por ciento de la gente consultada era partidaria de que las fuerzas armadas desafiaran abierta y decididamente el bloqueo británico de las Islas. En la revista «Convicción» se explicaba que expertos militares nacionales y extranjeros coincidieron en el hecho de que en caso de realizar un bloqueo o una invasión, los ingleses estaban prácticamente condenados al fracaso debido a que carecerían de apoyo logístico adecuado y no tendrían supremacía aérea.
-Bueno, o sea que es como yo pienso ahora en frío, nos manejaron la información...
-¡Pero por supuesto Bocha! ¡A todos! A los de acá y a los que estaban allá. Con la historia de la seguridad y el secreto de las acciones bélicas, no te quepa la menor duda. Ahora hace poco tiempo que pasó todo, pero ya se irán sabiendo más y más cosas.
-Nos hicieron creer que ganábamos ¡Pero para qué, decime para qué! ¿Cuál era el objetivo final, aparte de recuperar las Malvinas? ¿Por qué les importaba tanto que el pueblo argentino creyera que ganaba la guerra, si de repente y de un día para otro nos enteramos que habíamos perdido? Nos dejaron con la sangre en el ojo, ¿te das cuenta? Yo sé que la mayoría de los muchachos volvería a combatir mañana mismo. Fue terrible, muy trágico, nos dieron «manija» para que dejáramos la vida, creíamos que podíamos ganar y de golpe llegó la orden de retirarse.
-Sí, por ejemplo el Batallón de Infantería de Marina 5 no se rindió nunca. En la batalla del 14 de junio defendiendo Puerto Argentino recibió la orden de replegarse y tomar nuevas posiciones para luego contraatacar e impidieron que los ingleses avanzaran; no pudieron pasar por ese lado. El BIM-5 no perdió ni se rindió.
-Después, el 1º de mayo, ¿te imaginás? Un día feriado internacional, únicamente a los ingleses se les puede ocurrir.
Estábamos semidormidos, metidos en el pozo, como siempre medio congelados y medio mojados. Serían las cuatro y media de la madrugada y nos despertó un tableteo lejano; nunca habíamos estado en una guerra, pero hay algo que te dice que la «cosa grossa» empezó. A los quince minutos pasó el estafeta avisando que los ingleses estaban atacando con aviones el Aeropuerto Malvinas, que nos mantuviéramos en alerta. Pensamos que estábamos alejados y que los nuestros los iban a repeler con fuego antiaéreo, pero también supimos que ese día la comida no iba a llegar ni siquiera fría como otras veces. Lo que nunca nos dijeron fue que los ingleses iban a meterse por atrás, por el Estrecho San Carlos. En realidad los oficiales ni aparecían por los puestos; se corría la bola que estaban muy cómodos y calentitos en la ciudad.
-Ahora se sabe que tu jefe superior, el general Parada, cuando Menéndez le ordenó el desplazamiento de la IIIª Brigada a Darwin, los envió a ustedes, a la tropa, pero él no trasladó su puesto de mando, y el combate lo dirigió por radio. En concreto dicen que fue a Malvinas a perder.
-Así que novedades teníamos las pocas que nos pasaban los que traían la comida y las de los suboficiales que hacían la recorrida para ver cómo andábamos. Ellos siempre nos decían lo mismo, que las tratativas diplomáticas seguían y todo se iba a solucionar enseguida y sin combates; que lo que estaban haciendo los ingleses era un operativo de disuación. Mientras tanto ya estaban ahí y nos enteramos que la flota era grande, como para pasarnos por arriba y no precisamente para disuadirnos.
-Ahora contame lo de Cerro Darwin, porque ya los tenían encima por lo que estás contando.
-Bueno, vos sabés que eso fue una locura, por empezar ni los ingleses ni nosotros sabíamos lo que podía pasar. Cerro Darwin es una altura importante porque está entre el Estrecho San Carlos y el Puerto Argentino. La posición la teníamos tomada nosotros y ellos se enteraron -porque había filtraciones de información que daba la población civil- que el RI-5 y el RI-12 tenían serias limitaciones. No teníamos vehículos, los abastecimientos estaban muy cortados por lo difícil del terreno y nos faltaba el aliciente que te dan los mandos; ellos prácticamente no existían para los soldados propios.
-Sí, la capacidad combativa en esos casos estaba disminuída en casi un cincuenta por ciento y el esquema defensivo tanto para Darwin como para Goose Green, fue sumamente débil.
-Exacto. Bueno, el combate fue el 28 de mayo. El ataque inglés se largó a las ocho de la mañana, pero ya durante toda la noche anterior habíamos recibido fuego de artillería sobre nuestras posiciones. Podíamos ver el fuego de los combates que libraba la compañia «A» de nuestro regimiento que estaba al norte de la desembocadura del Istmo de Darwin. Eso conduce a Goose Green, donde también se combatía. Así amanecimos ese día, sin dormir y agotados por la tensión de las explosiones sobre nuestras cabezas. Lo feo de esto es que te queda como un zumbido adentro que no se te va más. El amanecer estaba como la mayoría de los días, gris y la llovizna nos mojaba constantemente. Hasta ahí, que yo sepa no había bajas. De pronto un grupo, una fracción desplegada, apareció a nuestras espaldas. Primero nos sorprendimos porque creímos que era el enemigo, pero nuestro jefe directo nos avisó que eran argentinos del RI-25.-
-Era la Sección Bote del Regimiento de Infantería 25, estaba al mando del Tte. Estevez que murió en acción junto a varios más y la constituían algunos suboficiales y soldados que eran Aspirantes a Oficiales de Reserva, todos de la clase tuya, la ’62.
-Todos menos uno. Esto no fue importante y no trascendió, pero para mí sí lo fue. Entre ellos había un pibe de la ’63: Javier Augusto Cabral, que había sido asignado al grupo para reforzarlo en el traslado de armamento. Ahora te voy a contar cómo durante la batalla él me salvó la vida. La cuestión es que esta gente venía realizando un contraataque desde retaguardia para apoyar a los soldados que mantenían el contacto físico con el enemigo. Con ellos ocupamos una altura sobre el flanco derecho y emplazamos una ametralladora para evitar que los ingleses envolvieran la posición. En eso apareció un sargento y nos informó que en el frente se divisaban tropas de lucha cuerpo a cuerpo sin identificar, desplazándose en forma ofensiva. Nuestro jefe ordenó entonces a dos de mis compañeros del pozo que se adelantaran para observar si eran amigos o enemigos. En ese momento todo era muy confuso pues también recibíamos fuego de morteros. Nuestras ametralladoras disparaban sobre los ingleses y ellos buscaron refugio en una barraca en proximidades de la playa. Desde allí comenzaron a dispararnos con mortero. Con ese fuego intenso, los integrantes de nuestra sección que habían salido para combatir, se arrastraron hasta sus respectivos pozos para protegerse y continuar el combate desde allí. En eso nos informaron que la pareja enviada a adelantarse, podía haber sido abatida. Me puse como loco y le solicité permiso a mi jefe para salir en su ayuda. Me lo concedió con la recomendación de regresar a mi puesto en una hora, pasara lo que pasara. Mientras, una sección de mi grupo no pudo concretar la ocupación de la altura del flanco Este; lo que hubiera sido muy ventajoso para dominar la situación. Aprovechando esto y la diversidad de fuego que recibíamos, los paracaidistas británicos empezaron a envolvernos por ese lado, así que por el momento no pude llevar a cabo mi intención y me quedé peleando con el resto. Con esfuerzo logramos que en sus primeros intentos los ingleses fueran rechazados en su avance. Había dos ametralladoras a cargo de un cabo que los mantuvo en jaque largo rato, hasta que se tuvo que replegar con sus hombres. El combate duraba ya cerca de dos horas y se hacía más y más intenso. Allí vimos cuando el Teniente Estevez murió por un disparo que le dio en el rostro mientras operaba el equipo de radio con el que trasmitía las posiciones inglesas a nuestra artillería. La mayoría de los soldados que combatían ahí eran correntinos, así que los gritos de «sapucay» se oían por todos lados y de esa forma nos dábamos ánimo unos a otros. Vi cuando el soldado apuntador de un fusil ametrallador fue herido, corrí a socorrerlo y lo ayudé a buscar refugio; después le cambié su arma por mi PAM, ya que él había quedado fuera de combate, y abrí fuego en dirección al ataque enemigo; entonces fue cuando me decidí a salir en busca de mis dos compañeros de pozo presuntamente heridos o muertos. Los ingleses ya estaban próximos, iban ganando terreno paulatinamente y se escuchaban sus gritos. Las respectivas secciones combatían a cien y a cincuenta metros unas de otras. Me lancé cuesta abajo entre carreras y cuerpo a tierra tratando de zigzaguear para evitar ser un blanco fácil. Ellos avanzaban cubiertos por cortinas de humo y protegidos en parte por los intensos fuegos de artillería y morteros sobre los nuestros. Aproveché estas mismas circunstancias y pude rebasar su frente de ataque alejándome del foco principal, cuidando de no distanciarme demasiado, pues a lo lejos hubiera llamado la atención; al mismo tiempo no dejaba de disparar con el fusil cada vez que me detenía. Ellos avanzaban jalonando con fumígenos de colores para ser reconocidos y no ser abatidos por su propia artillería. En mi carrera comencé a ver el patio trasero de la batalla: soldados tambaleantes, ciegos, que corrían en cualquier dirección desarmados y muertos de miedo; un cadáver dislocado en una postura ridícula; horror de la sangre brotando del hueco en donde hubo una oreja, un ojo; mutilados de un brazo aullando de dolor; media pierna separada de su cuerpo con las manos rígidas extendidas, sangre y más sangre. Heridos que vomitaban y se cagaban encima. Nadie podía ayudar a nadie. Algunos combates esporádicos de argentinos, resistiendo en posiciones ya superadas por el grueso del regimiento inglés. Todos quieren salvar la propia vida, te escondés en donde encontrás un agujero o una roca a la espera de matar o ser muerto. Entonces de pronto, a veinte metros lo vi a Javier Cabral del RI-25, a quien todavía no conocía, auxiliando a un par de soldados nuestros. Enseguida me di cuenta que eran mis compañeros, llegué hasta allí y por suerte no estaban en un lugar batido por el fuego enemigo. Javier estaba vendando la cabeza de uno de ellos, que estaba dolorido pero consciente. El otro se quejaba de un dolor en la espalda, pero no tenía heridas a la vista. Una granada les había explotado cerca cuando trataban de regresar a las posiciones propias y aturdidos se habían refugiado detrás de unas piedras haciéndose los muertos. Javier me dijo que era de los nuevos, sin quererlo se había separado de su sección y no sabía qué hacer. Llevaba el arma colgada de mala manera; yo le dije que lo que había hecho estaba bien. De pronto me di cuenta que como Dragoneante estaba a cargo de tres tipos, dos de los cuales estaban heridos y decidí que en esas circunstancias, no valía la pena buscar nuestras posiciones; pensé que con Javier éramos dos sanos para transportar a dos heridos bastante llevaderos, así que les dije que nos pusiéramos en marcha cuesta abajo, en dirección a Puerto Argentino; de esa forma nos alejaríamos del lugar de combate y después Dios diría. Nos pusimos a caminar ayudando a los otros que por suerte podían hacerlo por su propia cuenta; tratamos de correr o algo que se pareciera y cuando por el ruido creíamos que una bomba nos podía pegar, nos tirábamos al suelo y esperábamos unos segundos. Sabíamos que si explotaba cerca, «adiós mundo cruel». En una yo me adelanté con mi compañero y me paré a esperar a Javier y su herido... Fue allí... un disparo de mortero cayó cerca y del lado mío; sentí un golpe en las piernas como si me pegaran un palazo, de repente perdí altura y todo dio vueltas alrededor; fue muy extraño porque no tuve dolor. Cuando llegaron los otros dos, yo estaba en el suelo y mi compañero lloraba desesperado tapándose la cara con ambas manos; mis piernas no las sentía y me di cuenta que ya no estaban. En eso una nueva bomba nos cayó y grandes esquirlas impactaron en mis compañeros heridos. Ellos murieron en el acto. Era evidente que los ingleses habían visto nuestro desplazamiento y nos tiraban. Javi me cargó en su espalda y como un autómata comenzó a avanzar; casi arrastrándose para no ser visto se fue alejando del lugar. No sé si llamarlo suerte, pero a partir de allí no nos dispararon más; tal vez nos tuvieron lástima o quizás nos descartaron como peligro y se dedicaron a otros blancos. Más abajo, cinco ingleses aparecieron sorpresivamente y nos dieron la voz de alto para que nos rindiéramos. Fuimos tomados prisioneros y confieso que fue lo mejor para mí porque me sentía morir.
Después en el Hospital de Campaña inglés en San Carlos, mi otro compañero de pozo, el que había permanecido en el puesto, me contó el final del combate en las alturas del Cerro Darwin. La batalla había sido cada vez más violenta, los ingleses se prepararon para el asalto final pues ya habían conquistado muchas posiciones y pozos argentinos; los nuestros que habían sido tomados prisioneros estaban entre ellos, así que era imposible dispararles a los británicos. Quedaban muchas posiciones nuestras que no querían rendirse y llevaban las de ganar, pero el campo en su conjunto estaba en poder de ellos. Allí se decidió no continuar peleando, era inútil seguir. Al revisar a los argentinos los ingleses les hicieron un "cacheo" violento, pues los ánimos estaban muy alterados. Luego fueron llevados a un lugar de reunión de prisioneros de guerra, pero como la artillería nuestra comenzó a batirlos, tuvieron que llevarlos a una pendiente en «desenfilada», para que los tiros no los alcanzaran.
-Bocha, te cuento algunos datos que a lo mejor conocés: Fue el único combate diurno de gran magnitud y también uno de los más cruentos en la Guerra de las Malvinas. Además fue el primero, y de allí en más los ingleses sólo atacaron de noche, por el costo en vidas y materiales que les ocasionó. El RI-12 y la Sección Bote del RI-25 se enfrentaron contra el IIº Batallón de Paracaidistas del Reino Unido de Gran Bretaña. Duró más de tres horas y los ingleses tomaron la posición. Hubo varios muertos y muchos heridos sobre un total de poco más de setenta hombres. Ellos perdieron doce y se dice que allí murió su jefe, el Tte.Cnel. H. Jones ¿Vos qué sentiste después de eso?
-Te podés imaginar, tenía la sensación de que todo había sido en vano. Pero a pesar de mi desgracia, todavía creía que la guerra no estaba perdida. Estuvimos el resto del día a la intemperie y también toda la noche. A los heridos más graves nos llevaron al hospital de campaña de los ingleses. Ellos no pudieron hacer mucho por los prisioneros heridos, pero mostraron buena voluntad cediendo sus paquetes de vendas a los argentinos. Yo tuve mucha suerte en que me atendiera un médico y no se complicaran mis heridas. Mientras tanto supimos que el combate seguía en Goose Green y tuvimos la esperanza del desquite, pero el veintinueve nos enteramos que también había caído en manos de ellos.
Ahí me di cuenta que había comenzado el principio-del-fin.
Después me trasladaron al continente. Los ingleses prefirieron sacarse de encima a los prisioneros heridos y ya no volví nunca a las Islas. Todavía sigo esperando la reivindicación, soy joven y viví la guerra. Soy un veterano que tiene mucho para dar.
-Bien Bocha, ya lo creo; todo esto que decís tiene mucho peso. Yo te agradezco la reunión acá en esta confitería de tu Corrientes natal pero me gustaría saber qué fue de tu vida posterior, el regreso, tu familia, tu novia, ¿ella te aceptó cuando volviste?
-La mejor respuesta la tenés en Julieta, que ahí vuelve. Estamos casados hace un año y esperamos nuestro hijo. Todo el año siguiente a mi vuelta de Malvinas hice rehabilitación física y fui al psicólogo.
-Hola. Es tarde. Espero que hayan tenido tiempo de charlar. Te ayudo con la silla y nos vamos. Hasta luego señor.
-Sí, chau, la próxima vez te traigo el diario de mi amigo Caño, el que estuvo en Puerto Howard <>
Apuntes del padre de un soldado
«Como no soy militar no entiendo de guerra, ni de táctica o estrategias. Como soy médico y padre, entiendo de paz, trabajo y solidaridad. Entonces creamos este grupo de padres de soldados, que durante la guerra funcionó en la ciudad de La Plata. Un grupo que sigue funcionando después de la guerra; para ayudar a los muchachos que volvieron, para que en el futuro esto no vuelva a ocurrir. Nuestros hijos fueron enviados a una lucha que no eligieron, decidida por un gobierno que no eligieron y para la
cual no estaban preparados. Había en la Argentina, cuarenta mil profesionales preparados por vocación y estudio para una guerra. No es fácil entender por qué se envió a diez mil muchachos de diez y ocho y veinte años que carecían de preparación. Pero allá fueron y se comportaron con gran valor y dignidad. Durante dos meses nos alentaron con sus cartas, nos hicieron reir con un humor que persistió aún en los momentos más graves. Y eso nos llena de orgullo. Un orgullo que no nace en una adhesión a la guerra ni cuestiona sus causas. Queremos la denuncia de lo ocurrido, no para venganza sobre los culpables, pero sí para no repetir la historia. Saber lo que ocurrió, cómo ocurrió, por qué ocurrió. Que se difundan verdades y se eviten los mitos.
Porque la guerra de las Malvinas no terminó, seguirá en tanto haya un padre llorando a su hijo, mientras haya un soldado mutilado, mientras haya un muchacho que despierte de noche con miedo a la muerte.»
Labels: Bajo un manto de neblina, novela sobre la guerra de Malvinas


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